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Anticonceptivo sin el cosentimiento de la mujer

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Anticonceptivo.jpg

 

Hay sucesos históricos que dan que pensar. En los años ’50 y ’60, escribe Lucetta Scaraffia, era, sobre todo la fundación Rockfeller la que apoyaba económica y mediáticamente la campaña contra el aumento demográfico, en especial en el Tercer Mundo.
 
Hoy la obsesión antiprocreación, la ha heredado otro multimillonario americano, Bill Gates, que ha invertido su capital en la investigación de un nuevo tipo de anticoncepción, suministrado por un microchip.

El aspecto más inquietante de esta nueva terapia, que hace de la anticoncepción una constante siempre activa en el cuerpo femenino, en cierto sentido desnaturalizándolo completamente, es que el microchip puede ser activado por otras personas, ajenas al cuerpo en el que está inserto.
 
A través de este microchip, el cuerpo de las mujeres puede ser controlado por entes externos, incluso sin tener en cuenta sus propios deseos.

Pensando en la simpatía mostrada en todo momento hacia la eugenesia por parte de Gates, otra coincidencia con Rockfeller, gran financiador de los eugenistas, está el temor fundado de que se pueda poner en marcha otra forma de control de la procreación con fines selectivos.
 
En la iniciativa “humanitaria” de la fundación Gates aparecen otros peligros: además de los que sufre la salud femenina, se asiste a una manipulación seria del cuerpo de la mujer que se puede activar sin su consentimiento. Esperemos que las mujeres se den cuenta de los peligros que esconde esta innovación científica, que se difunde mediante el aura mítica de una nueva iniciativa para facilitar la libertad sexual.

Artículo publicado originalmente porL´Osservatore Romano