¡RESUCITÓ! (HOMILÍA DE MONSEÑOR TOMÁS ALEJO) 

c_300_175_16777215_00_images_Aleluya.jpgNos hemos venido preparando, durante todos estos 40 días, desde que la iglesia nos convocó el día de Cenizas, al ayuno, a la oración y a la abstinencia, siguiendo el itinerario de la vida de Jesús y nosotros como discípulos, el itinerario del discipulado cristiano. 

Preparados ya para esta fiesta, estamos en esta solemnidad de la Pascua, en que Cristo en su Pasión y en su muerte dando su vida por nosotros, sale glorioso y victorioso de la muerte y devolviéndonos la antigua originalidad de nuestra salvación, como es la santidad, que la habíamos perdido por el pecado, pero que Dios, en su inmenso amor y misericordia, nos ha rescatado de la muerte y del abismo para darnos la vida y vida eterna.

En las lecturas que hemos proclamado hoy, todas las primeras del Antiguo Testamento con sus salmos, nos hablan acerca de toda la creación; de cómo Dios fue haciendo la creación y como fue haciendo las distintas maravillas a través de la historia con el pueblo de Israel, que es su pueblo, hoy la Iglesia.

Les envió profetas, patriarcas, jueces; les envió mensajeros por todas partes, para mantener en pie la fe del pueblo de Dios, del pueblo de Israel que había sucumbido muchas veces por el pecado y había sido humillado por el demonio.

Pero a través de este itinerario, Dios levanto al pueblo de Israel dándole a Moisés, a Abraham, a Elías como prefiguración de Cristo en el Antiguo Testamento, para librarlo de la esclavitud, del hambre, de la miseria y de todo tipo de vejación que destruía la imagen de Dios en cada criatura.

Por eso es importante que cada uno de nosotros meditemos profundamente la historia del pueblo de Israel que es nuestra historia con Dios y de Dios con su pueblo, para ver como la mano poderosa y portentosa del Señor Dios fue guiando y nos sigue guiando hasta el día de hoy.

Este pueblo de Israel, a pesar de sus debilidades sale victorioso con Abraham, con Moisés, con Ezequiel, con Jeremías, Isaías y todos los profetas, hasta llegar a Juan El Bautista, que preparó la llegada del Mesías, hoy glorioso y resucitado en medio de su pueblo, que es la Iglesia.

Pero ante todo, quiero que veamos y sepamos cual es el significado profundo de la Resurrección del Señor. Hermanas y hermanos, hace 2 mil 21 años que celebramos el nacimiento del Señor y unos 2 mil años prácticamente, que celebramos esta gloriosa Resurrección de Cristo por nuestra salvación.

Cuando hablamos de la resurrección de Jesús no se trata de la resurrección de un muerto cualquiera; cuando hablamos de esta resurrección de Jesucristo no estamos hablando de una persona cualquiera. Estamos hablando que en la resurrección de Cristo ha sido la humanidad la que ha resucitado. Esa humanidad que había sucumbido, había sido manchada por el pecado. Ahora tiene nueva vida y la vida se la da Cristo resucitado. Si ustedes se dan cuenta, el Señor resucitó a Lázaro y no pasó nada con la resurrección de Lázaro porque solo era un símbolo, un signo de un milagro.

Pero al resucitar Jesús, no es signo de un milagro, sino que es la misma resurrección de la naturaleza humana; esa naturaleza que había perdido su belleza, su inteligencia, su capacidad de amar, de vivir sin la malicia, en la pureza y en la santidad de Dios, ha sido recobrada y devuelta por parte de Dios Padre por medio del sacrificio, de la muerte y resurrección de Jesús.

Por lo tanto, el apóstol San Pablo llama a todos los cristianos de Roma y hoy nos llama a todos los católicos, nosotros los cristianos actuales. Y de manera especial a todos los católicos cristianos de esta diócesis de San Juan de la Maguana, en que el Señor habla por boca de Pablo y nos dice: “hermanos y hermanas, si hemos muerto con Cristo resucitemos con el; si hemos padecido con Cristo, resucitemos con el.”

Y entonces dice Pablo: que esa antigua condición, esa mentalidad del hombre viejo, que pase. Esa mentalidad pagana con que Pablo le está escribiendo a los Romanos, a los cristianos de Roma que vivían en un pueblo, en una ciudad, en una comunidad paganizada ya que Pablo y Pedro habían fundado comunidades cristinas en Roma. Y, entonces Pablo dice: “ esa antigua condición, esa mentalidad del mundo, la mundanidad, ese pensamiento sin Dios tiene que desaparecer de nosotros y siempre procurar, como nos dice uno de los salmos que hemos cantado o de las oraciones que hemos rezado: “que el hombre sin su Gracia no puede progresar”.

El hombre no puede progresar ni en lo humano ni en lo divino, si no posee la Gracia de Dios. Por eso nuestros pueblos viven en una mentalidad, en un estilo de vida, de una condición humana pobre, y por eso no se ve el progreso en la sociedad, de la sana convivencia, las buenas costumbres, las buenas relaciones humanas para que todos vivan con dignidad.

Porque por muchas casas y cosas que les hagan a la gente el problema no esta en la economía, el problema de la gente esta en la mentalidad, que aunque vea y tenga tesoros vivirá siempre arrastrándose como serpientes, si no posee la Gracia de Dios.

Mis hermanas y hermanos, para que la sociedad cambie, para que la Iglesia cambie , los cristianos cambien, tenemos que cambiar esa cultura de haraganería, tenemos que concentrarnos en en las familias, en lo que producen, que da vida que da amor. Tenemos que concentrarnos en que lo que entra al trabajo tiene que ser para la casa, para que haya una mejor calidad de vida.

Para tener mejores universidades, mejores escuelas, de tal manera que esa condición del pecado todavía esta arrastrándose en nosotros. Y Pablo nos llama que tenemos que vivir alegres, contentos, felices, porque ya nosotros hemos asumido la vida de Cristo que ha resucitado en la mentalidad, en el pensamiento.

Fíjense ustedes que la vida cristiana no es una filosofía, tampoco se trata de un fanatismo; la vida cristiana tampoco es una religión, el cristianismo católico es un estilo de vida, una forma de vivir alegres y contentos con una profunda conversión porque nos hemos encontrado con Cristo y con Cristo Resucitado.

Cuando el apóstol San Pablo nos llama a ese cambio , a lo que el llama la metanoia, el cambio del cerebro; cuando Pablo iba camino de Damasco iba con la mentalidad antigua, judía; pero cuando vio a Cristo resucitado que le dijo Saulo, Saulo por que me persigues, el Señor se le mostró y Pablo cambió su camino, cambió su ruta, cambió su orgullo, su vanidad, su prepotencia y entonces Pablo dijo: “ahora no soy yo quien vivo, es Cristo quien vive en mi". Y cuando Cristo vive en ti, comienzan los proyectos del reino en tu vida. Y esta es la Buena Noticia del Evangelio, la iglesia no es un club social, no es una empresa, no es una industria, la iglesia es la comunidad de Jesús que en medio del pueblo y del mundo anuncia con alegría y gozo la Buena Noticia del Evangelio para que ese cuando ese Evangelio escale en su vida, en su conducta, en su accionar, cambiemos la sociedad. Eso es lo que es la Iglesia. Es el Evangelio lo que transforma , es el Evangelio lo que da vida, es el Evangelio lo que cambia los corazones, es el Evangelio que nos invita a concentrarnos en el proyecto familiar.

Es el Evangelio el que nos invita a formar la patria, la nación, como hicieron los padres de la patria Juan Pablo Duarte, Sánchez y Mella. Y por eso se apegaron al Evangelio, porque conocían el Evangelio, no tenían una mente mezquina, no tenían tampoco una conducta arrastrándose por la calle, sino porque habían sido cristianos bautizados que profesaban la fe católica y conociendo el pensamiento cristiano no fueron capaces de dar ideas, sino de entregar la propia herencia de su familia para transformar este pedazo de tierra en nación.

Pero cuando una gente no conoce el Evangelio no tiene mas sentido que esto: trabajar para comer y se acabó. No trabajamos para comer, trabajamos para pensar. Y pensando transformamos y tenemos con qué comer y tenemos con qué vivir, pero es en el cerebro que esta la cosa. Por eso ustedes y yo tenemos que trabajar y unirnos como iglesia, como diócesis: los sacerdotes, las religiosas, los diáconos, ministros, los fieles, todos los católicos unirnos en la proclamación del Evangelio. Pero primero tenemos nosotros que salir del letargo , del atraso, en que el pecado nos ha sometido. Y comenzar una vida nueva. Todavía hay tiempo, aunque usted tenga 59, 60 u 80 años todavía hay tiempo para comenzar.

No podemos estar de que nos coja pena nadie, cuando a la gente se le coge pena y lástima es mandándolo a la tumba. Los primeros cristianos, nunca permitieron que les cogieran pena, sino que en las catacumbas y donde quiera que estaban transformaban la sociedad. Y derribaron el imperio romano, sin coger armas ni nada; fue un puñadito de hombres y de mujeres. Pero era gente que tenían su mente y su corazón encendido en el Evangelio. Por eso hermanas y hermanos, en el Evangelio de hoy se nos invita a llevar la Buena Noticia. Esa buena Noticia que da vida, que da Gracia, que da al corazón de todos los que escuchamos esa Palabra. En el Evangelio de hoy, según San Marcos, nos dice que María Magdalena y la de Santiago y Salomé compraron aromas; para Jesús todo lo primero. Si en la iglesia lo primero no es Jesucristo, a la iglesia le caen cucarachas y telas de araña. Si Jesucristo es el primero, la iglesia se enciende, el Espíritu Santo está en ella, ilumina a la humanidad y a toda la sociedad.

c_300_175_16777215_00_images_A-1_Homilia_Sabado_de_Gloria.jpgEntonces, el primero es Cristo; las mujeres eran las primeras que iban; y compraron aromas, y la Magdalena compró un perfume, para llevarlo a embalsamar a Jesús…¡Que sorpresa se llevaron! Muy temprano, el primer día de la semana, que es el domingo para los cristianos porque es el día en que Jesús resucitó, al salir el sol fueron al sepulcro y se decían unas a otras ¿Quién nos correrá la piedra de la entrada? Y al mirar vieron que la piedra estaba corrida, y entonces entraron y al ángel encontraron. El les dijo: “no se asusten, ¿'buscan a Jesús el Nazareno?, el crucificado, él no está aquí, ha resucitado...miren el sitio donde lo pusieron. Y al oír esto, las mujeres fueron corriendo, porque les dijo: “vayan y díganles a los discípulos que nos encontramos en Galilea y allí lo verán como les digo.

Fíjense ustedes lo que dice 1ero: el encuentro allí nos encontraremos en Galilea. Es el Señor que sale a nuestro encuentro. 2do: lo verán, hay que ver al Señor. ¿Usted ha visto alguna vez a Jesús? Algunos dirán que no lo han visto, yo sí lo he visto, no son los ojos físicos los que ven a Jesús es el alma la que ve a Dios. Los ojos físicos nunca van a ver a Jesucristo ni lo van a describir. Y como dice San Pablo en una de sus cartas:” no lo vemos y lo conocemos”. Y tenemos un gozo inenarrable en el alma sin que nadie nos toque música.

Entonces ver, encontrarse y oír al Señor fue un motivo totalmente de transformación de los apóstoles. Y las mujeres, que nunca han tenido miedo, y siguen así en la iglesia, sin miedo, ellas son las catequistas, ellas son las que ayudan al párroco, ellas son las que trabajan en todos los ministerios, van anunciando en su casa, en las comunidades, en la iglesia, en todas partes anunciando el Evangelio.

Por eso mis queridas hermanas que están aquí presentes y las que están oyendo la Misa por Radio Corazones, no se acomplejen ustedes porque no tengan puesto ni cargo en ningún sitio porque eso no es importante, lo importante es el servicio y el anuncio del Evangelio transformador para que llegue a todas las gentes el mensaje de Jesús.

Y el mejor puesto es ese, el mejor servicio es ese, la mejor santidad es esa. Porque hoy veo yo gente que anda promoviéndose, que si me dan cargo, si no me dan cargo. Yo me conformo hasta con barrer en la iglesia, yo no soy digno, como dijo el publicano, ni siquiera de mirar para el cielo.

Entonces tenemos esta riqueza de las mujeres que anuncian el Evangelio diciéndoles a los apóstoles que el Señor ha resucitado. Y tras esta resurrección de Cristo Jesús les dijo: “vayan”, son enviadas. Son enviadas a contarles lo que ha pasado, lo que han visto y oído a aquellos que estaban conmigo.

De ahí, queridos hermanos y hermanas que tenemos que ser ser enviados, somos enviados a anunciar la Buena Noticia de la resurrección, pero no es una resurrección de palabras, como un slogan “Cristo ha resucitado”, no se trata de eso. Se trata de un encuentro personal con el Señor. Como Pablo dice: "a mi se me apareció, yo lo vi y soy testigo”. Y testimonio es, el cambio de vida que yo he dado. Se supone que tiene que ser con un proceso.

Hermanas y hermanos, que esta resurrección del Señor anime a toda la Iglesia universal como dice el Papa Francisco continuamente, anime a la iglesia, esa iglesia que tiene que ser misionera, esa iglesia como dice el Papa en su Encíclica El Anuncio Gozoso del Evangelio, que vayamos con alegría a nuestras casas, a nuestras familias a nuestro vecindario, y que la parroquia, que la catedral, que toda la diócesis no es responsabilidad del obispo, sino que cada uno en su ambiente tiene que tratar de que los demás conozcan y amen al Señor. 

El es la vida, es la resurrección, es la salvación lo que esta en juego de la gente, si no se le anuncia el Evangelio. Por tanto, que esta resurrección del Señor no quede como una mas, sino que vaya transformando, cambiando mentes; ya yo no pienso como el mundo sino que el pensamiento mío es el pensamiento de Cristo, que los sentimientos miso son los sentimientos de Cristo; que la conducta mía sea la conducta de Cristo; que la seriedad mía sea la seriedad de Cristo.

Eso de vivir una vida correcta, gozosa, eso pone a uno entre espada y espada...entonces tenemos que trabajar para que, con el Evangelio, nuestra diócesis sea transformada, liberada, y que los cristianos como el cirio pascual que se ha de encender durante los 40 días de Pascua, sean luz, seamos luz y que esa luz de Cristo resucitado permanezca el año entero en la iglesia anunciando que Cristo esta resucitado y que vive y reina . Y que nosotros, con la fuerza del Señor y nuestro testimonio de trabajo y de entrega a lo que el Señor nos pide,  transforme nuestra sociedad. 

Que así sea.

 

Por considerarlo de interés, hemos reproducido integra, la homilía pronunciada en la catedral San Juan Bautista en la Solemnidad del Sábado de Gloria por monseñor Tomas Alejo Concepción, obispo de la diócesis de San Juan de La Maguana